En septiembre de 2025 creo que sabemos distinguir bien el liderazgo de otros artefactos. Yo mismo, como antiguo profesor de Escuelas de Negocios, difundía muchos de estos “artefactos” importados de la gran fábrica literaria sobre el liderazgo que son los EEUU.
En el S. XXI, se empezaron a deshacer, por resultar falaces o inexactos muchos de ellos: tener carisma, ser resolutivo, visionario, uso del poder del rol, entre otros. ¡Incluso los alumnos preguntaban si el líder nace o se hace!
Creo que nunca se ha acabado de distinguir bien entre el rol directivo y el liderazgo. El primero es un rol que pertenece a la organización; el segundo es profundamente personal y se alcanza cultivándose a uno mismo/a.
De hecho, no necesitamos capacitación previa para diferenciar rápidamente entre directivos y directivos con liderazgo. Y también a personas con liderazgo, y sin rol directivo.
Me centro. Quiero hablar de la intención, lo que los clásicos llamaban “la buena fe”, y de su importancia para cultivar el liderazgo.
Primero está la intención, y después viene la acción.
- Si la intención es positiva, la acción puede ser acertada o desacertada, o torpe, si bien, a priori, no daña la confianza y la relación.
- Una intención negativa, sería la mentira, la hipocresía, la doblez o agenda oculta…
Ser sincero equivaldría a no mentir al otro, tener una intención positiva. Tener buena fe es no mentir al otro ni a uno mismo/a.
La intención positiva o buena fe ya contiene la mayor verdad posible, la mayor autenticidad y vulnerabilidad posible, la mayor claridad posible.
Como ejemplo, a las personas que consiguen deshacerse de creencias irracionales o dogmatismos en su sistema operativo, solemos reconocerlos enseguida. A priori, suelen atraer, generar conexión y apoyo ¡y una intención positiva!
Es intelectual, porque atañe a la verdad y sinceridad, si bien es la base principal de la integridad, de la honestidad.
Cuando en mi programa de liderazgo trabajamos las competencias de integridad, autenticidad con valentía, autodidacta, compostura, enfoque estratégico, toma de decisiones, propósito, etc. suelo hacer la analogía con las cuatro virtudes estoicas: justicia, coraje, sabiduría y templanza. Suele resultar curioso para los participantes, y suelen interesarse más por el estoicismo.
En mi experiencia, el estoicismo tiene mucho que ver con el liderazgo de alto nivel, el autoliderazgo, si bien eso ya lo trataré en una entrada de más adelante…
La intención positiva es una virtud, y un valor moral. Por eso cuando se ha expresado con sinceridad ante un equipo, o bien ha surgido en el curso de unas acciones, aunque después resulte que no es lo que se necesitaba hacer, las disculpas no son necesarias, no se genera reproche y las personas se aplican enseguida.
La intención positiva para desarrollar al equipo es fundamental: para la comunicación, el compañerismo, la integración.
Por ejemplo, en los Ensayos de Montaigne empieza con la frase “Lector, tienes entre tus manos un libro de buena fe…”
Tan es así, que si el pensamiento es el detonante de nuestra condición de humano, de nuestra existencia, si nuestro pensamiento no tiene una intención positiva: ¿qué genera?, ¿cuáles son sus consecuencias para la política, para la ciencia, para la medicina, etc.?
Al final, pensar bien o correctamente depende más de la intención positiva o buena fe que de nuestra capacidad cognitiva o conocimientos. ¿Por qué? Porque es amor a la verdad, a la interacción constructiva.
El propósito, la visión… son formas de explicar la intención positiva. ¿No es cierto? Y cuando se cultiva y se mantiene –y acaba siendo un buen hábito- es un antídoto para el uso egocéntrico del poder, para el narcisismo, para el dogmatismo…
¡Intención positiva, liderazgo y buena fe para todos!
José Joaquín Marí