Si no fuera por la realidad, ¡yo estaría muy bien!

Ay, la realidad es la que es: hay cosas que sí dependen de nosotros, otras solo relativamente, y la mayoría no, aunque solemos creer que sí.

Sí dependen de nosotros nuestras creencias, esos artefactos que interpretan y filtran la realidad,  a las que les damos valor de «verdad» casi absoluta. ¡Lo que crees, es lo que ves!

No existen aún fármacos para tratar la adicción excesiva a las creencias, y mira que crecen exponencialmente, porque producen emociones fuertes, simplifican el trabajo de pensar, y algunas, incluso nos producen recompensas ¡por eso crean adicción!

¡Soy el mejor! ¡Siempre tengo razón! ¡Tengo que hacerlo todo bien! ¡El poder es para tenerlo como sea! ¡Los demás tienen que ser amables y respetuosos  conmigo! ¡La vida me tiene que tratar bien!

Ojalá pudiéremos pensar, sentir y comportarnos sin creencias. Sería la forma más inteligente de vivir con uno mismo y con los demás.

En mi trabajo como Facilitador observo las creencias de mis clientes, y para ayudarles en el proceso de observarlas y hacerse conscientes que las tienen, y para racionalizarlas, les pregunto por los beneficios que les aportan, por sus costes, y sobre todo, por el impacto que tienen en sus relaciones con los demás.

Observar y pensar, sin juicio, mostrar empatía a nosotros mismos y a los demás, aceptar nuestra falibilidad y vulnerabilidad, y la de los demás, y enfocarnos a satisfacer nuestras necesidades respetando las de los demás, con menos foco en nuestro deseos o ¡creencias! es un buen camino para cultivarse.

Y en esto andamos. Ejemplos de personas públicas, importantes, cargadas de creencias poco realistas o claramente dañinas no hace falta mentarlos, todos los reconocemos y muchos nos alejamos de ellos porque son como un imán ¡pero al revés!

José Joaquín Marí, en Picanya, a 13 de marzo de 2025

 

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